28 de julio de 2007


Ella.


Ella se viste con un vestido a rayas
como el sol que se filtra por las persianas
ensombreciendo su piel con luz.
Ella se viste
se llena de cosas como el día y las palabras
y navega el tiempo como si fuera calles de tierra
que desembocan en el río o en sus ojos.
Ella despierta
y desnuda
la mañana viene a besarnos entre sábanas.




La nada.

Una luz cae hacia sí misma con la fuerza animal de los impulsos nocturnos, serenos andenes del tiempo que pasa más lento en los sueños. Y mientras desciende (ascendiendo) el sol la acompaña hacia los fines del mar, y con él, hacia las arrugas de un cielo celeste que en realidad es nada.





Las sombras.

Dos de la tarde en Buenos Aires, el sol transforma a todos los seres en meros contrastes, en sombras inocuas que aparecen alternadamente y al azar. En la intermitencia del ruido, un hombre cruza la calle.
Veo todo desde un sexto piso que da a la calle junin. En la intermitencia del ruido, una paloma cruza la calle.
Todo esto que veo son sombras, ya no sé si el hombre soy yo, o si soy la paloma.




La piel del aire.

La piel del aire se parece a nuestra risa en estos últimos días de julio, y se parecen los autos a una interminable comedia de errores y arrepentimientos.
Ellos doblan y frenan, y se apuran con el sentido y el organismo del reloj, y nosotros, por dentro, insinuamos quedarnos dormidos, recién despiertos, pero lo que hacemos realmente es correr hacia el agua, o hacia la tierra que va ganando a las veredas, hacia esas cosas que nos devuelven a nuestra materia insustituible:
El corazón.
Como un pulpo en tempestades secretas, bombea el líquido que cae con las nubes temblorosas (que caen) sobre los supuestos de estas repeticiones disfrazadas de personas y hasta de perros, pero que son contenedores de la nada.
(Que sólo llegamos a vislumbrar entre sueños y minutos nocturnos, entre manoteos en la oscuridad y aún en los ojos de algún niño, que al haber nacido hace menos tiempo, y por lo tanto está mas cerca de la muerte, nos atrae como hacia un abismo en el que nos damos cuenta que hace tiempo estamos perdidos.)




22 de julio de 2007


Un mar.


Los pliegues de la mañana tapan el aire de aquel mar. Se lo ve lejano, invadido de gaviotas como fantasmas de la tormenta, con los brazos calmos, con esas costas como manos extendiendose hacia lo que no existe, hacia lo que no se puede ver.
Y justamente, aca se respira algo que viene desde esos territorios inexistentes, o que no se pueden ver, aunque pasan las nubes blancas como siempre se siente que sus reflejos, profundos y luminosos, al llegar al fondo de ese mar descubren todos los miedos adheridos a las piedras de ese otro mundo, en forma de nubes acuaticas, o con todo el oxigeno en sirenas de otros tiempos; y al ser descubiertos, estos, después de un viaje interminable hacia este otro mundo, nos rozan y nos llenan la boca y el alma de palabras que ni siquiera conocemos.



11 de julio de 2007


Los recuerdos.

En esa casa vivían muchos recuerdos, se tropezaban y se molestaban, y sonreían e iban al baño.

Cuando el último inquilino se fué hace unas semanas, ellos estaban todos quietitos, esperando impacientes a sus nuevos compañeros.




El ausente.

Fernando Lares volvió al pueblo después de toda una vida.
Me acuerdo como si fuera hoy, venía serio por las canchas de atrás de la ruta como un navegante de destinos imposibles, venía cantando bajito con una hilera de perros por detrás, revolviendo el polvo que había asentado al marcharse.
Habían sido cuarenta años. Cuarenta años esperando a este Fernando, que ahora era un hombre atormentado por alguna clase de eclipse o invierno interior. Qué podría preguntarle después de tanto tiempo? Seguramente hablaríamos diferentes idiomas, o nos quedaríamos callados por horas, incapaces de hacer a un lado tantos caminos y personas, tantas muertes y nacimientos. Aunque lo cierto es que nunca me he movido de aquí, y desde aquí, desde este mismo banquito celeste, rodeado al fin y al cabo de la misma meseta que se extiende más allá de los fines del pueblo, más allá del jardín forestal, más allá de la rotonda y cualquier ruta que se haya trazado en este territorio, con esta misma miopía al mirar, lo veía venir, y presenciaba como todo cambiaba, el viento castigaba un poco menos y la luz de repente abría un poco más la vista, los remolinos se dormían, y la siesta (un leve movimiento, un auto quieto contra el viento, las bolsas saltando abismos para enamorarse de alguna mata o del algún coirón, el eco lejano de unas bicicletas lentas, los niños y el calefactor y las ventanas cerradas, las casas y sus puertas sin llave, el mate con gusto a soledad, y la soledad con gusto a pueblo) se rendía a sus pies y preparaba todo un recibimiento que, aunque silencioso, se podía oler en el aire.
Cuarenta años. Y Fernando volvía y nos pasaba por al lado sin mirarnos, y rápidamente se nos perdía de nuevo rumbo a las ruinas de la estación de trenes, y nosotros, un poco ofendidos, y no menos tristes, nos quedábamos haciendo lo mismo de siempre…pero era diferente. Su mirada perdida y a la vez extremadamente lúcida flotaba en el aire, hilaba nuestras frases y hasta era parte del fuego que calentaba la pava.
Fernando Lares caminaba abstraído por las vías abandonadas hacia la estación de trenes, los años le habían cambiado los gestos, su piel había envejecido y era normal, pero había algo profundo y trágico en su forma de andar, como si sucesos sobrenaturales e inhumanos hubiesen repercutido en su sistema nervioso a lo largo de tantos años, creando ese temblor que si bien no se podía ver, se podía sentir con sólo acercarse un poco a él, o al verlo caminar, o incluso en el fugaz y amargo sabor de un presentimiento que recuerda al ausente.

Me acuerdo como si fuera hoy, cuando llegamos a la estación de trenes ya no estaba. Las vías con su vibración casi dormida y casi despierta pese al tiempo y la tierra y el viento que las han apagado, decían que lo habían visto llegar y sentarse contra la pared, frente a los árboles amarillos y agitados.
Y dicen que buscó un mensaje en el suelo, y manoteó entre lágrimas algo que se le había ido hacía mucho tiempo pero que perdura en el aire de la estación abandonada, y que después de llorar y volver a la calma se fue perdiendo por las vías, con una hilera de perros por detrás.

Y ya muy solo un día, muchos años después, en este mismo banquito celeste, rodeado al fin y al cabo de la misma meseta que se extiende más allá de los fines del pueblo, más allá del jardín forestal, más allá de la rotonda y cualquier ruta que se haya trazado en este territorio, y casi ciego, lo vi a Fernando Lares, venía caminando lento y serio, cantando bajito con una hilera de perros por detrás.




10 de julio de 2007


Birds.


Hoy no hay oscuridad, la luna llena guía sus pasos en la superficie árida y muerta, solitariamente extensa, que buscan el contacto con esa tierra y ese frío seco en donde encuentra su propio calor, su propia lucha. Hoy puede dominar con su fiebre este mecanismo nocturno y desconocido: la transformación de la noche, el mínimo movimiento de los arbustos ganando terreno, el inaudible ronquido de los roedores que descansan. Y puede hacer pasar del frío al calor a esas costas inmóviles innombrables en esta noche, imágenes limpias e inmunes que duermen en sus arenas pacíficas, las hace tiritar y luego las transpira bajo tres mantos sobre la realidad, que a su vez se achica, como la posible sensación de control, y termina en un jadeo animal en el que su tiempo vuelve a empezar: todos los árboles vomitando su amarillo, el rugido cada vez mayor del aire sensible, cada una de las visiones, las noticias del exterior; todo en un jadeo animal se tritura hasta ser un simple entretenimiento en sus manos, aunque bien le podría llamar Diablo.

Él camina despacio, desciende a través de cortes en la meseta, se sabe observado aunque la soledad y el silencio sean lunares, respira con alegría aunque presienta su final y vuelta a empezar cada vez más cerca.
El hombre camina sólo.
El viento le pega de frente.
El hombre ESTÁ sólo.
Sólo frente a un asiento para dos, sólo con el alma a sus espaldas y en la punta de los dedos. No recuerda como llegó. El flujo de su existencia atravieza el estomago, sube como el vómito por su garganta, juega circularmente en su paladar y se transforma en aire al salir por su boca.
El hombre tiene el estómago vacío.
Siempre tuvo algo en él.
Siempre tuvo reservas bajo sus pies y en sus ideas.
Siempre estuvo VIVO.
El hombre camina sólo, si pudiese verle la cara vería que está riendo.
Como un desvergonzado intento del suelo para detenerlo, frente a él se posa un pájaro. El pájaro lo mira y se retuerce, grita con compasión algo que lo inmoviliza: "Yo sé de tu fiebre, sé de tu amor y de tus ganas de volar. Regálame tus ojos y te daré mis alas".
El hombre no duda y en un súbito aleteo inserta sus dedos en la cuenca de sus ojos y las deja vacías, con tristeza lame sus mejillas ensangrentadas. Con un silencio desesperado el hombre entrega sus ojos al pájaro.
El pájaro se va con ojos que le quedan grandes y lo hacen ver monstruoso, se va sin sus alas, se va riendo y bailando, hasta que desaparece en un pestañeo.
El hombre sigue su marcha, ahora sólo puede sentir el cielo sobre su piel, lo siente propio y desencajado.
El hombre vuela ciego hacia su despertar, si pudiese verle la cara vería que está riendo.

"Y nosotros miserables
sólo podemos presentir nuestra propia alma
que tiene el peso de todas las alucinaciones que han corrido por su superficie
en un tiempo que no podríamos comprender jamás".

Fue entonces cuando el pájaro volvió majestuoso con sus ojos ya podridos, y le susurró al oído: "Tus definiciones, todas, mi amor: presentimiento, peso repentino a la altura del cuello, necesidad de tocarse el pecho y sacar la repentina protuberancia que parece extenderse hacia las piernas y los brazos, soledad de luna milenaria, energía acuática que se somete a tus palabras, luciérnaga, edificios que nacen de la niebla, entumecimiento de las paredes cediendo ante un ángel del enfoque y el temblor, giro sobre el extremo de Dios, obtuso final de un recuerdo que se pierde en tu mente-mar, caucho derretido formando bellos objetivos en un mundo de lobos marinos, bigote sobre el valle de tu muerte, ironía sobre tu propia ironía, pueblo del sur como tácito interrogante en la madrugada de tu sombra, cartel que señala el fin de la ruta, ruido que precede a tus pupilas. Todo, amor, todas, son tu alma".
El hombre se llena de temor y una profunda gravedad envuelve su atmósfera, si pudiese verle la cara vería que está riendo.
Camina en dirección contraria al pájaro, alejándose lentamente, obligándome a ver la inminente separación hasta ser dos puntos sobre lo invisible.
El pájaro siente que su corazón se acelera, de sus ojos desorbitados y podridos nacen lágrimas con rastros de su alma, y emprende el último vuelo hacia la atmósfera del hombre.

Siluetas.


Anochece tras el cerro, el sol se transforma en fuego que incendia las nubes en el otoño helado, austral. El viento tiene el privilegio de las aves mas antiguas y tiene gusto a cementerio indio, en este suelo infértil la memoria conoce el peso catastrófico, aquí no hay que imaginarse el vaciamiento y el apocalipsis, los barcos se alejan constantemente, como furtivos ladrones que no esperan la noche, pues tienen al demonio de su lado.
A contraluz se desprenden siluetas del frío, caminan endureciendo el alma, caminan frente a la inmensidad de un mar que no se ve, bordeando el fino límite de la sal y la sangre con la que han construido los senderos. Esas siluetas del aire que pertenecen a un hombre y a un nombre, o a un perro y su renguera, son simples siluetas aprovechando el bello anonimato procreador, son como los árboles desnudos, doblados y expectantes que sonorizan el leve vértigo incandescente de este sur que nada tiene de metáfora. El sur del sur, el grito de la tierra, la rebelión del polvo, el manoteo de sus hijos junto a la vida blanca.
Bellas siluetas como secretos recorren el camino pulcro que esconde el camino real, el camino de la verdad que se ahoga en el mar de gaviotas y rocas vivas como el pulso de sus peces. Caminan por la avenida Ducose, se quejan, se ignoran. Los bancos de cemento aguantan las arremetidas de las olas, tan libres cuando saltan por los aires, tan tristes cuando descansan en la avenida, como charcos expectantes de un pez o un coral, o de una ballena azul.
Doblan cuando la avenida se corta en el fin del mundo, sienten lejos el rumor del puerto, se deslizan en el sueño de no ser siluetas, de tener mas escamas que corazón.
Pero por fin comprenden, no sin llantos ni pataleos, que no se van a ir, pues el sur son siluetas, y esas siluetas son el sur.

9 de julio de 2007


El sonido de la ciudad.

Justo a él le tenia que pasar, a él que estaba al borde de la locura.
”Tomate unas vacaciones”, le habían dicho, y en ese mismo momento en el que salía de la carnicería se concretó la maldición. Ahora cuando lo recuerda la piel le sobra, le cuelga como un ropaje hecho a medida de otra alma, se retuerce imitando el giro intenso en el que se convirtieron sus días, como un derrumbe que causamos por diversión y termina por comerse al suelo bajo nuestros pies, se proyecta hacia la nada en un llanto silencioso, que no sabe si es fingido, o si es que ha perdido la noción de lo verdadero.
Tan simple como eso, concentrarse tanto en la mueca que dibujan los nervios que un simple sueño es capaz de moverle la cama, y, en ese temblor, la soledad invade los minutos como una repentina pasajera de sus piernas, trayéndole la certeza de que el vacío se esconde detrás de cada cosa, de cada mesa, de cada lágrima. El mismo vacío del que se llenaron sus ojos al salir de la carnicería.

Ahora cuando no se ríe desconsolado sobre el colchón, habla, teoriza, se pelea entre la vergüenza y el pasado imborrable.

-Tomate unas vacaciones, -le gritó Don Gemini con el pucho en la boca - estoy podrido de que te hagas el loco. No tenés un problema, sos un vago, un aprovechador.

No le contestó, para qué le iba a contestar. Abrió la puerta y lo recibió el fresco de la calle, se subió el cuello y salió sin mucha decisión, penetrando la calma del aire, bañándose tristemente en las fachadas antiguas, coquetas embellecidas por el tiempo, los hongos, y las enredaderas, transitando las historias clavadas en las esquinas, doblando a pesar de las paredes.
Antes de que se diera cuenta estaba hablando con Coco, un niñito de la calle que creía no conocer, dudaba, el lugar parecía el bar Tres, pero parecía más viejo, en fin. Antes de que se diera cuenta, Coco había desaparecido.

Se quedó pensando, un poco sombrío. Pensar que nenes como Coco veían el Apocalipsis muy seguido, alguna vez por un gran incendio que le quemaba las pestañas y la poca seguridad de su hogar, otras veces en manos del agua que avanzaba como una contundente venganza del río, que humedecían los ojos y el alma de quienes no veían en eso un espectáculo que les sacara una sonrisa. Pensar que estaban enfrentados sin ninguna razón, él era el loco, comía, pertenecía al ejército de los que comen, Coco no estaba loco, comía de vez en cuando, pertenecía al ejército de los que no comen. Pensar que en esa guerra, de todos contra todos al fin y al cabo, cada persona terminaba constituyendo su propio ejército y su propia salvación. Y sin embargo, recordando tan sólo una onírica mirada de Coco, darse cuenta que eran tan parecidos, y que al no ayudarlo prácticamente lo mataba. Y seguía sin poder ayudarlo porque, en su duda de lo verdadero, no terminaba de entender si Coco constituía su propio ejército y su propia salvación, o, por el contrario, si ese concepto sólo se aplicaba en locos como él y no en personas decentes como Coco.
Apesadumbrado se fue en un saludo sin respuesta. Antes de que se diera cuenta estaba en el colectivo, pidiendo dos boletos ante la ironía y desconfianza general, situación que delicadamente resolvió el chofer con una acelerada al grito de “tu amigo pasa gratis”.
Se imaginó volviendo con Coco, sorteando el tren y luego los perros, peleándose con la oscuridad hasta llegar a esos foquitos amarillentos desprovistos de complejidad que brindaban la seguridad de estar en casa, quedándose muerto en la cama esperando al otro día; en realidad, esperando que esas horas de sueño duraran por siempre.

En el colectivo las señoras se inquietaban con la agresividad del chofer que desplazaba el bólido a lo ancho de la avenida, comiendo a su paso espejitos retrovisores y cruzando los semáforos en rojo, como el cielo. Todos se sentían inseguros, algunos ya se animaban a gritar y a agarrarse como podían, las personas que desbordaban la avenida Libertador se acercaban a gran velocidad, parecían hormigas hacía tan solo unos segundos. Escuchó el primer golpe con los ojos cerrados, le siguieron varios mas mezclados con gritos y una canción que no se podía sacar de la cabeza; cuando abrió los ojos estaban parados a metros de la torre de los ingleses. El desastre estaba hecho, se escuchaban gemidos y alaridos de horror desde la avenida, la ciudad tenía una vez más el sonido que la despierta.

El colectivo dobló despacio por Independencia, al golpearse la cabeza contra el vidrio se despertó, estaba a unas cuadras de casa. Bajó y caminó dos cuadras hasta defensa, se asombró y llenó de alegría al ver a Coco acurrucado en una columna gigante. No, no era Coco, pero era muy parecido. Cruzaron unas miradas, pero el niño parecía suplicar que siguiera adelante, como una fiera salvaje encerrada en esos ojos dulces que le daban la oportunidad de escaparse, de sí mismo, de la fiera que dormía bajo los diarios, de toda la ciudad y sus viajes en colectivo. Aceptó esa segunda oportunidad como si hubiera sido algo de todos los días y siguió caminando por Defensa, tratando de recordar el sueño que iba y venía, que parecía enredarse en sus manos y al mismo tiempo filtrarse hacia los adoquines, sintiendo una tristeza que se gestaba lenta y progresivamente.
Tristeza que se transformó en desesperación simple y llana al escuchar los gritos de la avenida.

El cielo no era rojo, más bien estaba gris, y en el suelo yacía Coco en un charco de sangre. No, no era Coco, pero era muy parecido.




Copos.


Hay copos de diferentes tamaños y temperamentos
Los hay gordos y lentos,
profundos que detienen el tiempo,
los hay rapidos y suicidas.
Están los que lloran al verse cerca del suelo,
y los que se derriten de alegria en pleno vuelo,
están los incredulos y los resentidos,
y aquellos que se abandonan al aire...y caen.





Diez minutos.


Se acuestan. Amanece. A veces la noche es un suspiro.

El viejo que vive a dos cuadras se despierta, se rasca la cabeza y mira al espejo y al armario desde la cama, le toca el hombro a su mujer, “Paula, me voy, acordate que viene Luis a las tres”, levanta las sábanas, el calor se expande por la ventana abierta, se pone los anteojos, mira al espejo y al armario, se pone el mismo pantalón de siempre, la misma camisa de siempre, los mismos zapatos de siempre, y se va a abrir el kiosco de revistas, en bonpland y paraguay.
Arriba ellos duermen, el sol no salió para sus mentes que sueñan y que pueden estar en medio de la noche al acecho del diablo o navegando en el sol del sur, en medio de vías muertas, con trenes muertos y reptiles sobre la tierra inerte, bajo las chapas calientes por ese sol que ahí se encuentra mas cercano a la superficie, que la abandona por meses cuando llega la pesadilla.

Y se acerca mirando las llaves, se detiene al borde de la vereda y pasa el 93, bastante vacío, la gente comienza a salir de a poco, mete la llave y abre el candado, llega Jorge con el café y unas medialunas, ordena revistas, Ramón abre la verdulería de la esquina y los mosquitos empiezan de a poco a adueñarse de los nervios, pasa doña Herminia que se le está muriendo la perrita, les tocan el timbre los de desinfectación, él se despierta y los atiende, mientras se pone el pantalón mira por la ventana, abajo está Jorge con el viejo del kiosco, y va corriendo doña Herminia, parece que se le está muriendo la perrita.







La habitación.


La habitación era extraña. En el aire se movían invisibles siluetas sobre el calefactor solitario, precedido por el televisor, que filtraba cierta esperanza a la oscuridad absoluta de su interior. Sobre la mesa vieja y roída esperaban dos vasos, como falsos espectadores de la barbarie innombrable que existe en todos los ojos, como testigos del eclipse que sigue a una última mirada, como relojes parados en un invierno que sería eterno. Dos sillas inmóviles, que con su madera polvorienta eran una simple extensión del piso crujiente que, como un padre comprensivo, sostenía con ternura a una cama de sueños pesados y sexo prestado, e infinitas suposiciones de quien se ahoga en los sueños y que, al despertar, comprende con horror que esa oscuridad no es la de siempre, que ha dejado parte de su desesperación bajo un techo nostálgicamente alto y gris. Encima de la mesa un espejo sucio, y en frente un velador torcido sobre la amarga mesita de luz, unas llaves y la vista perdida y sin vida de un cuerpo sin nombre. La pared estaba dividida por un límite horizontal:
arriba el gris, como un recuerdo de la eternidad robada que ansiaba recuperar, abajo el blanco, un resquicio apenas palpable del pasillo que llegaba con sus ecos, como una ciénaga de aguas purpúreas y alucinadas que esperan por carne humana, pero que se conforman con sentir su miedo penetrando la piel de pared, sus brazos de laberinto vasto e indeleble.

Y así, como un reloj de arena en el infierno se calienta lentamente hasta transformarse en vidrio, sus ojos comenzaban a tener el frío color del vacío.

Al entrar la señora de la limpieza, el calefactor gritó repentinamente en un idioma sordo e inconexo, gaseoso e inflamable, y la humanidad de ella se vio violentamente turbada por el hallazgo. Sin saber qué estaba haciendo, rozó con sus dedos las mejillas congeladas del muchacho, y como si algo mas allá de esa circunstancia de la habitación (el invierno, los trenes a los lejos y la certeza del almuerzo en media hora) la invadiera de forma violenta y profana, rompió el silencio en un llanto vergonzoso y demencial que mojó sin sentido los ojos secos del cuerpo sin nombre.
Horrorizada manoteó la manija de la puerta y salió dando tumbos por el gélido pasillo insensible. Al llegar a su final respiró profundamente la certeza de que todo estaba próximo a terminar.
Una vez en la calle se enrollo la bufanda y se enfundó sus manos en los bolsillos; no sabía que el invierno sería eterno.






7 de julio de 2007

El tiempo.

Había estado esperando durante mucho tiempo ya. Tanto que no es necesario expresarlo en números, pues los números tienden a minimizar las cosas.
Ya estaba cansado del mismo mueble blanco a mi lado, aquél al cual miraba por horas, estaba cansado del horrible olor a encierro mezclado al de mi inocencia muerta en el suelo, tiñendo todo del color del cielo, estaba cansado de la luz roja, penetrando a duras penas las persianas celosamente cerradas por alguien parecido a mí. Que cansado estaba de mi vida, que cansado estaba de mi mismo.
Las horas seguían pasando, silenciosas a no ser por las agujas del reloj, y es que hasta el reloj se empecinaba por hacerlo todo más pesado y lento (el reloj, el mismo reloj que antes sintetizaba mis nervios y mi apuro). Mi cuerpo yacía en la misma posición, incomoda y aburrida mientras la luz que se esforzaba por entrar de a poco dejába de hacerlo, cediendole su lugar a los insectos. Malditos seres que se sentían atraídos por la luz del velador ubicado sobre el mueble blanco, y por el olor de mi inocencia descomponiéndose.
Las paredes, que supieron ser blancas, estaban cubiertas de humedad y golpes recibidos a través del largo tiempo en el que llevaba ahí adentro. Durante horas la noche quiso husmear aquí, pero, como siempre, las persianas se lo impidieron. Tal vez pensaba que se podría quedar a conversar con alguien, pues nadie conversa con la noche (yo sólo la acepto en su cotidiano papel de testigo).
Mi cuerpo seguía inmóvil en la misma posición y todo alrededor era calmo, como siempre lo fue.
Por qué debería cambiar de posición? Podría empeorar las cosas, pues la anterior era mejor que la actual.
Mis pensamientos seguían chocando contra las paredes, golpeándolas y destruyéndolas cada vez más, aunque fuera seguro que nunca podría lastimarlas lo suficiente, pues con cada choque me lastimaba más. Formaciones misteriosas, que me observan desde hacía mucho tiempo ya. Estaba cansado de las formaciones, y su pestilente humedad.
Algunos insectos lograron entrar y pude sentir como se posaban sobre mi cuerpo y sobre el cuerpo muerto de mi inocencia, que seguia tiñendo todo de rojo.
Y es el ruido de otro segundo que pasa quien me avisa que llevo demasiado tiempo aquí. Me lo dice la luz del día que se esfuerza nuevamente por entrar.
Estaba cansado de mi vida y de mi mismo, y sigo estándolo, aún más.
Y es el ruido de otro segundo que pasa quien me avisa que desde hace mucho tiempo no estoy aquí, pues ya no puedo mantener más mi posición y el olor se ha tornado insoportable, las persianas se caen a pedazos, están demasiado viejas, y el velador ha dejado de funcionar hace mucho tiempo, la luz entra ya sin impedimentos y no es roja como siempre lo fue, es simplemente brillante, pero no roja.
El reloj sigue funcionando y es el ruido de otro segundo que pasa quien me avisa que desde hace mucho tiempo no estoy aquí.
















Metáfora.

Todo es importante, la luz como luz, las sombras como sombras. El hombre cuando se cansa abandona la metáfora, saborea y huele la realidad tal como le es dada; el hombre es capaz de cansarse hasta de su propia locura. Y al abandonar la metáfora, que es su real compañera en momentos de sol, que es una mirada concreta y con amor, que es el resquicio palpable que permanece en su piel, mata a la realidad y se encierra nuevamente, aunque ya no pataleando e invocando las imágenes de toda una vida (cada día es toda una vida, aunque la división en minutos y segundos, días y horas hayan hecho perder la noción de la verdad) sino de una manera fría y hasta ordenada.
La metáfora lo mantiene cerca de su propia piel, sin la metáfora su sensibilidad explota en burbujas amarillas sobre el cielo y sobre esa sonrisa que ya no está, y tiene que cuidarse de no rozarle a nada, de no escuchar de más, de no hablar demasiado alto, en fin, tiene que cuidarse de sentir.
El hombre como una bomba toxica, como una amenaza a si mismo que se presiente por detrás de los barrios e incluso por detrás de la naturaleza, como un estandarte gigante del miedo. El hombre como una bomba toxica que desciende milimétricamente desde el cielo, una bomba sensible, con un clítoris al rojo vivo como detonador. El hombre como una bomba toxica que con su sombra despierta lentamente al aire, y ensaya los gestos y las palabras más extrañas para mantener al clítoris a reparo. El hombre como una bomba toxica, con sus manos cansadas, y tembloroso, con dedos por los que se comienzan a filtrar colores, y un poco del maldito viento.