El sonido de la ciudad.
Justo a él le tenia que pasar, a él que estaba al borde de la locura.
”Tomate unas vacaciones”, le habían dicho, y en ese mismo momento en el que salía de la carnicería se concretó la maldición. Ahora cuando lo recuerda la piel le sobra, le cuelga como un ropaje hecho a medida de otra alma, se retuerce imitando el giro intenso en el que se convirtieron sus días, como un derrumbe que causamos por diversión y termina por comerse al suelo bajo nuestros pies, se proyecta hacia la nada en un llanto silencioso, que no sabe si es fingido, o si es que ha perdido la noción de lo verdadero.
Tan simple como eso, concentrarse tanto en la mueca que dibujan los nervios que un simple sueño es capaz de moverle la cama, y, en ese temblor, la soledad invade los minutos como una repentina pasajera de sus piernas, trayéndole la certeza de que el vacío se esconde detrás de cada cosa, de cada mesa, de cada lágrima. El mismo vacío del que se llenaron sus ojos al salir de la carnicería.
Ahora cuando no se ríe desconsolado sobre el colchón, habla, teoriza, se pelea entre la vergüenza y el pasado imborrable.
-Tomate unas vacaciones, -le gritó Don Gemini con el pucho en la boca - estoy podrido de que te hagas el loco. No tenés un problema, sos un vago, un aprovechador.
No le contestó, para qué le iba a contestar. Abrió la puerta y lo recibió el fresco de la calle, se subió el cuello y salió sin mucha decisión, penetrando la calma del aire, bañándose tristemente en las fachadas antiguas, coquetas embellecidas por el tiempo, los hongos, y las enredaderas, transitando las historias clavadas en las esquinas, doblando a pesar de las paredes.
Antes de que se diera cuenta estaba hablando con Coco, un niñito de la calle que creía no conocer, dudaba, el lugar parecía el bar Tres, pero parecía más viejo, en fin. Antes de que se diera cuenta, Coco había desaparecido.
Se quedó pensando, un poco sombrío. Pensar que nenes como Coco veían el Apocalipsis muy seguido, alguna vez por un gran incendio que le quemaba las pestañas y la poca seguridad de su hogar, otras veces en manos del agua que avanzaba como una contundente venganza del río, que humedecían los ojos y el alma de quienes no veían en eso un espectáculo que les sacara una sonrisa. Pensar que estaban enfrentados sin ninguna razón, él era el loco, comía, pertenecía al ejército de los que comen, Coco no estaba loco, comía de vez en cuando, pertenecía al ejército de los que no comen. Pensar que en esa guerra, de todos contra todos al fin y al cabo, cada persona terminaba constituyendo su propio ejército y su propia salvación. Y sin embargo, recordando tan sólo una onírica mirada de Coco, darse cuenta que eran tan parecidos, y que al no ayudarlo prácticamente lo mataba. Y seguía sin poder ayudarlo porque, en su duda de lo verdadero, no terminaba de entender si Coco constituía su propio ejército y su propia salvación, o, por el contrario, si ese concepto sólo se aplicaba en locos como él y no en personas decentes como Coco.
Apesadumbrado se fue en un saludo sin respuesta. Antes de que se diera cuenta estaba en el colectivo, pidiendo dos boletos ante la ironía y desconfianza general, situación que delicadamente resolvió el chofer con una acelerada al grito de “tu amigo pasa gratis”.
Se imaginó volviendo con Coco, sorteando el tren y luego los perros, peleándose con la oscuridad hasta llegar a esos foquitos amarillentos desprovistos de complejidad que brindaban la seguridad de estar en casa, quedándose muerto en la cama esperando al otro día; en realidad, esperando que esas horas de sueño duraran por siempre.
En el colectivo las señoras se inquietaban con la agresividad del chofer que desplazaba el bólido a lo ancho de la avenida, comiendo a su paso espejitos retrovisores y cruzando los semáforos en rojo, como el cielo. Todos se sentían inseguros, algunos ya se animaban a gritar y a agarrarse como podían, las personas que desbordaban la avenida Libertador se acercaban a gran velocidad, parecían hormigas hacía tan solo unos segundos. Escuchó el primer golpe con los ojos cerrados, le siguieron varios mas mezclados con gritos y una canción que no se podía sacar de la cabeza; cuando abrió los ojos estaban parados a metros de la torre de los ingleses. El desastre estaba hecho, se escuchaban gemidos y alaridos de horror desde la avenida, la ciudad tenía una vez más el sonido que la despierta.
El colectivo dobló despacio por Independencia, al golpearse la cabeza contra el vidrio se despertó, estaba a unas cuadras de casa. Bajó y caminó dos cuadras hasta defensa, se asombró y llenó de alegría al ver a Coco acurrucado en una columna gigante. No, no era Coco, pero era muy parecido. Cruzaron unas miradas, pero el niño parecía suplicar que siguiera adelante, como una fiera salvaje encerrada en esos ojos dulces que le daban la oportunidad de escaparse, de sí mismo, de la fiera que dormía bajo los diarios, de toda la ciudad y sus viajes en colectivo. Aceptó esa segunda oportunidad como si hubiera sido algo de todos los días y siguió caminando por Defensa, tratando de recordar el sueño que iba y venía, que parecía enredarse en sus manos y al mismo tiempo filtrarse hacia los adoquines, sintiendo una tristeza que se gestaba lenta y progresivamente.
Tristeza que se transformó en desesperación simple y llana al escuchar los gritos de la avenida.
El cielo no era rojo, más bien estaba gris, y en el suelo yacía Coco en un charco de sangre. No, no era Coco, pero era muy parecido.