10 de julio de 2007


Birds.


Hoy no hay oscuridad, la luna llena guía sus pasos en la superficie árida y muerta, solitariamente extensa, que buscan el contacto con esa tierra y ese frío seco en donde encuentra su propio calor, su propia lucha. Hoy puede dominar con su fiebre este mecanismo nocturno y desconocido: la transformación de la noche, el mínimo movimiento de los arbustos ganando terreno, el inaudible ronquido de los roedores que descansan. Y puede hacer pasar del frío al calor a esas costas inmóviles innombrables en esta noche, imágenes limpias e inmunes que duermen en sus arenas pacíficas, las hace tiritar y luego las transpira bajo tres mantos sobre la realidad, que a su vez se achica, como la posible sensación de control, y termina en un jadeo animal en el que su tiempo vuelve a empezar: todos los árboles vomitando su amarillo, el rugido cada vez mayor del aire sensible, cada una de las visiones, las noticias del exterior; todo en un jadeo animal se tritura hasta ser un simple entretenimiento en sus manos, aunque bien le podría llamar Diablo.

Él camina despacio, desciende a través de cortes en la meseta, se sabe observado aunque la soledad y el silencio sean lunares, respira con alegría aunque presienta su final y vuelta a empezar cada vez más cerca.
El hombre camina sólo.
El viento le pega de frente.
El hombre ESTÁ sólo.
Sólo frente a un asiento para dos, sólo con el alma a sus espaldas y en la punta de los dedos. No recuerda como llegó. El flujo de su existencia atravieza el estomago, sube como el vómito por su garganta, juega circularmente en su paladar y se transforma en aire al salir por su boca.
El hombre tiene el estómago vacío.
Siempre tuvo algo en él.
Siempre tuvo reservas bajo sus pies y en sus ideas.
Siempre estuvo VIVO.
El hombre camina sólo, si pudiese verle la cara vería que está riendo.
Como un desvergonzado intento del suelo para detenerlo, frente a él se posa un pájaro. El pájaro lo mira y se retuerce, grita con compasión algo que lo inmoviliza: "Yo sé de tu fiebre, sé de tu amor y de tus ganas de volar. Regálame tus ojos y te daré mis alas".
El hombre no duda y en un súbito aleteo inserta sus dedos en la cuenca de sus ojos y las deja vacías, con tristeza lame sus mejillas ensangrentadas. Con un silencio desesperado el hombre entrega sus ojos al pájaro.
El pájaro se va con ojos que le quedan grandes y lo hacen ver monstruoso, se va sin sus alas, se va riendo y bailando, hasta que desaparece en un pestañeo.
El hombre sigue su marcha, ahora sólo puede sentir el cielo sobre su piel, lo siente propio y desencajado.
El hombre vuela ciego hacia su despertar, si pudiese verle la cara vería que está riendo.

"Y nosotros miserables
sólo podemos presentir nuestra propia alma
que tiene el peso de todas las alucinaciones que han corrido por su superficie
en un tiempo que no podríamos comprender jamás".

Fue entonces cuando el pájaro volvió majestuoso con sus ojos ya podridos, y le susurró al oído: "Tus definiciones, todas, mi amor: presentimiento, peso repentino a la altura del cuello, necesidad de tocarse el pecho y sacar la repentina protuberancia que parece extenderse hacia las piernas y los brazos, soledad de luna milenaria, energía acuática que se somete a tus palabras, luciérnaga, edificios que nacen de la niebla, entumecimiento de las paredes cediendo ante un ángel del enfoque y el temblor, giro sobre el extremo de Dios, obtuso final de un recuerdo que se pierde en tu mente-mar, caucho derretido formando bellos objetivos en un mundo de lobos marinos, bigote sobre el valle de tu muerte, ironía sobre tu propia ironía, pueblo del sur como tácito interrogante en la madrugada de tu sombra, cartel que señala el fin de la ruta, ruido que precede a tus pupilas. Todo, amor, todas, son tu alma".
El hombre se llena de temor y una profunda gravedad envuelve su atmósfera, si pudiese verle la cara vería que está riendo.
Camina en dirección contraria al pájaro, alejándose lentamente, obligándome a ver la inminente separación hasta ser dos puntos sobre lo invisible.
El pájaro siente que su corazón se acelera, de sus ojos desorbitados y podridos nacen lágrimas con rastros de su alma, y emprende el último vuelo hacia la atmósfera del hombre.

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