Diez minutos.
Se acuestan. Amanece. A veces la noche es un suspiro.
El viejo que vive a dos cuadras se despierta, se rasca la cabeza y mira al espejo y al armario desde la cama, le toca el hombro a su mujer, “Paula, me voy, acordate que viene Luis a las tres”, levanta las sábanas, el calor se expande por la ventana abierta, se pone los anteojos, mira al espejo y al armario, se pone el mismo pantalón de siempre, la misma camisa de siempre, los mismos zapatos de siempre, y se va a abrir el kiosco de revistas, en bonpland y paraguay.
Arriba ellos duermen, el sol no salió para sus mentes que sueñan y que pueden estar en medio de la noche al acecho del diablo o navegando en el sol del sur, en medio de vías muertas, con trenes muertos y reptiles sobre la tierra inerte, bajo las chapas calientes por ese sol que ahí se encuentra mas cercano a la superficie, que la abandona por meses cuando llega la pesadilla.
Y se acerca mirando las llaves, se detiene al borde de la vereda y pasa el 93, bastante vacío, la gente comienza a salir de a poco, mete la llave y abre el candado, llega Jorge con el café y unas medialunas, ordena revistas, Ramón abre la verdulería de la esquina y los mosquitos empiezan de a poco a adueñarse de los nervios, pasa doña Herminia que se le está muriendo la perrita, les tocan el timbre los de desinfectación, él se despierta y los atiende, mientras se pone el pantalón mira por la ventana, abajo está Jorge con el viejo del kiosco, y va corriendo doña Herminia, parece que se le está muriendo la perrita.
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