11 de julio de 2007



El ausente.

Fernando Lares volvió al pueblo después de toda una vida.
Me acuerdo como si fuera hoy, venía serio por las canchas de atrás de la ruta como un navegante de destinos imposibles, venía cantando bajito con una hilera de perros por detrás, revolviendo el polvo que había asentado al marcharse.
Habían sido cuarenta años. Cuarenta años esperando a este Fernando, que ahora era un hombre atormentado por alguna clase de eclipse o invierno interior. Qué podría preguntarle después de tanto tiempo? Seguramente hablaríamos diferentes idiomas, o nos quedaríamos callados por horas, incapaces de hacer a un lado tantos caminos y personas, tantas muertes y nacimientos. Aunque lo cierto es que nunca me he movido de aquí, y desde aquí, desde este mismo banquito celeste, rodeado al fin y al cabo de la misma meseta que se extiende más allá de los fines del pueblo, más allá del jardín forestal, más allá de la rotonda y cualquier ruta que se haya trazado en este territorio, con esta misma miopía al mirar, lo veía venir, y presenciaba como todo cambiaba, el viento castigaba un poco menos y la luz de repente abría un poco más la vista, los remolinos se dormían, y la siesta (un leve movimiento, un auto quieto contra el viento, las bolsas saltando abismos para enamorarse de alguna mata o del algún coirón, el eco lejano de unas bicicletas lentas, los niños y el calefactor y las ventanas cerradas, las casas y sus puertas sin llave, el mate con gusto a soledad, y la soledad con gusto a pueblo) se rendía a sus pies y preparaba todo un recibimiento que, aunque silencioso, se podía oler en el aire.
Cuarenta años. Y Fernando volvía y nos pasaba por al lado sin mirarnos, y rápidamente se nos perdía de nuevo rumbo a las ruinas de la estación de trenes, y nosotros, un poco ofendidos, y no menos tristes, nos quedábamos haciendo lo mismo de siempre…pero era diferente. Su mirada perdida y a la vez extremadamente lúcida flotaba en el aire, hilaba nuestras frases y hasta era parte del fuego que calentaba la pava.
Fernando Lares caminaba abstraído por las vías abandonadas hacia la estación de trenes, los años le habían cambiado los gestos, su piel había envejecido y era normal, pero había algo profundo y trágico en su forma de andar, como si sucesos sobrenaturales e inhumanos hubiesen repercutido en su sistema nervioso a lo largo de tantos años, creando ese temblor que si bien no se podía ver, se podía sentir con sólo acercarse un poco a él, o al verlo caminar, o incluso en el fugaz y amargo sabor de un presentimiento que recuerda al ausente.

Me acuerdo como si fuera hoy, cuando llegamos a la estación de trenes ya no estaba. Las vías con su vibración casi dormida y casi despierta pese al tiempo y la tierra y el viento que las han apagado, decían que lo habían visto llegar y sentarse contra la pared, frente a los árboles amarillos y agitados.
Y dicen que buscó un mensaje en el suelo, y manoteó entre lágrimas algo que se le había ido hacía mucho tiempo pero que perdura en el aire de la estación abandonada, y que después de llorar y volver a la calma se fue perdiendo por las vías, con una hilera de perros por detrás.

Y ya muy solo un día, muchos años después, en este mismo banquito celeste, rodeado al fin y al cabo de la misma meseta que se extiende más allá de los fines del pueblo, más allá del jardín forestal, más allá de la rotonda y cualquier ruta que se haya trazado en este territorio, y casi ciego, lo vi a Fernando Lares, venía caminando lento y serio, cantando bajito con una hilera de perros por detrás.




1 comentario:

Fernando dijo...

wooo yo me llamo fernando lares jaja xD busque mi nombre en google y me mando para aca =P