7 de julio de 2007

El tiempo.

Había estado esperando durante mucho tiempo ya. Tanto que no es necesario expresarlo en números, pues los números tienden a minimizar las cosas.
Ya estaba cansado del mismo mueble blanco a mi lado, aquél al cual miraba por horas, estaba cansado del horrible olor a encierro mezclado al de mi inocencia muerta en el suelo, tiñendo todo del color del cielo, estaba cansado de la luz roja, penetrando a duras penas las persianas celosamente cerradas por alguien parecido a mí. Que cansado estaba de mi vida, que cansado estaba de mi mismo.
Las horas seguían pasando, silenciosas a no ser por las agujas del reloj, y es que hasta el reloj se empecinaba por hacerlo todo más pesado y lento (el reloj, el mismo reloj que antes sintetizaba mis nervios y mi apuro). Mi cuerpo yacía en la misma posición, incomoda y aburrida mientras la luz que se esforzaba por entrar de a poco dejába de hacerlo, cediendole su lugar a los insectos. Malditos seres que se sentían atraídos por la luz del velador ubicado sobre el mueble blanco, y por el olor de mi inocencia descomponiéndose.
Las paredes, que supieron ser blancas, estaban cubiertas de humedad y golpes recibidos a través del largo tiempo en el que llevaba ahí adentro. Durante horas la noche quiso husmear aquí, pero, como siempre, las persianas se lo impidieron. Tal vez pensaba que se podría quedar a conversar con alguien, pues nadie conversa con la noche (yo sólo la acepto en su cotidiano papel de testigo).
Mi cuerpo seguía inmóvil en la misma posición y todo alrededor era calmo, como siempre lo fue.
Por qué debería cambiar de posición? Podría empeorar las cosas, pues la anterior era mejor que la actual.
Mis pensamientos seguían chocando contra las paredes, golpeándolas y destruyéndolas cada vez más, aunque fuera seguro que nunca podría lastimarlas lo suficiente, pues con cada choque me lastimaba más. Formaciones misteriosas, que me observan desde hacía mucho tiempo ya. Estaba cansado de las formaciones, y su pestilente humedad.
Algunos insectos lograron entrar y pude sentir como se posaban sobre mi cuerpo y sobre el cuerpo muerto de mi inocencia, que seguia tiñendo todo de rojo.
Y es el ruido de otro segundo que pasa quien me avisa que llevo demasiado tiempo aquí. Me lo dice la luz del día que se esfuerza nuevamente por entrar.
Estaba cansado de mi vida y de mi mismo, y sigo estándolo, aún más.
Y es el ruido de otro segundo que pasa quien me avisa que desde hace mucho tiempo no estoy aquí, pues ya no puedo mantener más mi posición y el olor se ha tornado insoportable, las persianas se caen a pedazos, están demasiado viejas, y el velador ha dejado de funcionar hace mucho tiempo, la luz entra ya sin impedimentos y no es roja como siempre lo fue, es simplemente brillante, pero no roja.
El reloj sigue funcionando y es el ruido de otro segundo que pasa quien me avisa que desde hace mucho tiempo no estoy aquí.
















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