La habitación.
La habitación era extraña. En el aire se movían invisibles siluetas sobre el calefactor solitario, precedido por el televisor, que filtraba cierta esperanza a la oscuridad absoluta de su interior. Sobre la mesa vieja y roída esperaban dos vasos, como falsos espectadores de la barbarie innombrable que existe en todos los ojos, como testigos del eclipse que sigue a una última mirada, como relojes parados en un invierno que sería eterno. Dos sillas inmóviles, que con su madera polvorienta eran una simple extensión del piso crujiente que, como un padre comprensivo, sostenía con ternura a una cama de sueños pesados y sexo prestado, e infinitas suposiciones de quien se ahoga en los sueños y que, al despertar, comprende con horror que esa oscuridad no es la de siempre, que ha dejado parte de su desesperación bajo un techo nostálgicamente alto y gris. Encima de la mesa un espejo sucio, y en frente un velador torcido sobre la amarga mesita de luz, unas llaves y la vista perdida y sin vida de un cuerpo sin nombre. La pared estaba dividida por un límite horizontal:
arriba el gris, como un recuerdo de la eternidad robada que ansiaba recuperar, abajo el blanco, un resquicio apenas palpable del pasillo que llegaba con sus ecos, como una ciénaga de aguas purpúreas y alucinadas que esperan por carne humana, pero que se conforman con sentir su miedo penetrando la piel de pared, sus brazos de laberinto vasto e indeleble.
Y así, como un reloj de arena en el infierno se calienta lentamente hasta transformarse en vidrio, sus ojos comenzaban a tener el frío color del vacío.
Al entrar la señora de la limpieza, el calefactor gritó repentinamente en un idioma sordo e inconexo, gaseoso e inflamable, y la humanidad de ella se vio violentamente turbada por el hallazgo. Sin saber qué estaba haciendo, rozó con sus dedos las mejillas congeladas del muchacho, y como si algo mas allá de esa circunstancia de la habitación (el invierno, los trenes a los lejos y la certeza del almuerzo en media hora) la invadiera de forma violenta y profana, rompió el silencio en un llanto vergonzoso y demencial que mojó sin sentido los ojos secos del cuerpo sin nombre.
Horrorizada manoteó la manija de la puerta y salió dando tumbos por el gélido pasillo insensible. Al llegar a su final respiró profundamente la certeza de que todo estaba próximo a terminar.
Una vez en la calle se enrollo la bufanda y se enfundó sus manos en los bolsillos; no sabía que el invierno sería eterno.
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