10 de julio de 2007


Siluetas.


Anochece tras el cerro, el sol se transforma en fuego que incendia las nubes en el otoño helado, austral. El viento tiene el privilegio de las aves mas antiguas y tiene gusto a cementerio indio, en este suelo infértil la memoria conoce el peso catastrófico, aquí no hay que imaginarse el vaciamiento y el apocalipsis, los barcos se alejan constantemente, como furtivos ladrones que no esperan la noche, pues tienen al demonio de su lado.
A contraluz se desprenden siluetas del frío, caminan endureciendo el alma, caminan frente a la inmensidad de un mar que no se ve, bordeando el fino límite de la sal y la sangre con la que han construido los senderos. Esas siluetas del aire que pertenecen a un hombre y a un nombre, o a un perro y su renguera, son simples siluetas aprovechando el bello anonimato procreador, son como los árboles desnudos, doblados y expectantes que sonorizan el leve vértigo incandescente de este sur que nada tiene de metáfora. El sur del sur, el grito de la tierra, la rebelión del polvo, el manoteo de sus hijos junto a la vida blanca.
Bellas siluetas como secretos recorren el camino pulcro que esconde el camino real, el camino de la verdad que se ahoga en el mar de gaviotas y rocas vivas como el pulso de sus peces. Caminan por la avenida Ducose, se quejan, se ignoran. Los bancos de cemento aguantan las arremetidas de las olas, tan libres cuando saltan por los aires, tan tristes cuando descansan en la avenida, como charcos expectantes de un pez o un coral, o de una ballena azul.
Doblan cuando la avenida se corta en el fin del mundo, sienten lejos el rumor del puerto, se deslizan en el sueño de no ser siluetas, de tener mas escamas que corazón.
Pero por fin comprenden, no sin llantos ni pataleos, que no se van a ir, pues el sur son siluetas, y esas siluetas son el sur.

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