13 de agosto de 2007


Lenguas.


La lluvia no existe, pero igual suena en sus mentes y en sus ganas. La luna se va tornando testigo con el correr del tiempo, aunque sea una testigo milenaria y aún premedite premoniciones que se introducen en el hombre como un vapor con el cambio de las mareas. Y Esas están invisibles detrás de una ventana que se ve desde la calle.
Las lenguas se lamen los labios, danzan en el aire y vuelven a caer en el abismo de las bocas, buscan los dientes, se encuentran y se raspan, y se acarician suavemente. Entonces una sube por la mejilla, y con una voltereta impulsiva lame todo el ojo; las pestañas que sólo conocen de lágrimas salen volando como aves en el detalle de un cuadro. La lengua cae como detenida nuevamente a la danza de sombras y piel, pero sabe que ha dejado atrás al ojo-lamido.

El ojo-lamido se despierta en lo alto de lo que parece ser un espíritu blanco, un poco verde, con agarraderas de metal en su sustancia impredecible. La luz de una alarma interna lo condena a saber: no es un ojo que ha sido lamido, ni es que ha lamido un ojo; el ser, su ser, que flota por encima de “lamer” y de el “ojo”, se ha comprimido para luego abrirse violentamente, y con esa fuerza de atracción los ha tomado como satélites naturales, como lunas grises e inertes, que sin embargo respiran allí abajo.


4 de agosto de 2007


El color.

El color cae desde un pincel que flota en el cielo, miles de sentimientos se amontonan detrás de dos ventanas inmensas con forma de ojos, y el tiempo se para, y queda suspendida la lluvia para luego de los suspiros, y entonces el color termina de caer, y explota al tocar la piel del suelo. Sus aguas traen árboles de pestañas, y de estos árboles, delicados universos paralelos, las nubes toman el néctar que las mantiene pegadas a nuestros pies, y el tiempo se para, y queda suspendida la lluvia para luego de los suspiros, y el color se seca, y de a poco ciertos miedos del aire comienzan a patinar sobre las costra celeste que se extiende en el suelo.
De la costra se levanta un viento azul oscuro, y se cierran los ojos del reloj que termina por dormirse con la piel hirviendo, tristísimo. Pero los árboles sostienen su sueño; de la ebullición total de las cosas se desprende el conocimiento del animal que enmudece en nuestras manos.






Dos, cuatro...millones.

Dos disonancias los sobrevolaban; se mantenían inmóviles durante el lapso en el que se dormían en el aire, y al despertar comenzaban de nuevo a moverse frenéticamente, batiendo el humo de todas las cosas que no se decían allí abajo.
Ellos caminaban ignorando la batalla que se libraba sobre sus cabezas apenas se besaban o se miraban, iban de la mano, pero los separaba el abismo de sus mentes y percepciones. Por eso, al pasar por debajo del puente Pacifico, a él le venían ganas de salir volando y llorando hacia un amanecer en el que estuviese todo hecho, y así quedarse observando, sin nada para hacer; y a ella se le explotaba la espalda, y miles de ojos, de pájaros, árboles, y trenes se le juntaban lentamente en los labios, como una garúa de invierno que termina en inundación. Hasta que uno de ellos lograba salir, y se miraban a los ojos y se besaban, y las disonancias se abrazaban hasta formar bocinas, y así de a poco volvían los colectivos a formar parte de todo, y un edificio más allá, y la plaza enorme rodeándolos, incluyéndolos en ese cuadro imposible que es, en su totalidad, Buenos Aires.