Lenguas.
La lluvia no existe, pero igual suena en sus mentes y en sus ganas. La luna se va tornando testigo con el correr del tiempo, aunque sea una testigo milenaria y aún premedite premoniciones que se introducen en el hombre como un vapor con el cambio de las mareas. Y Esas están invisibles detrás de una ventana que se ve desde la calle.
Las lenguas se lamen los labios, danzan en el aire y vuelven a caer en el abismo de las bocas, buscan los dientes, se encuentran y se raspan, y se acarician suavemente. Entonces una sube por la mejilla, y con una voltereta impulsiva lame todo el ojo; las pestañas que sólo conocen de lágrimas salen volando como aves en el detalle de un cuadro. La lengua cae como detenida nuevamente a la danza de sombras y piel, pero sabe que ha dejado atrás al ojo-lamido.
El ojo-lamido se despierta en lo alto de lo que parece ser un espíritu blanco, un poco verde, con agarraderas de metal en su sustancia impredecible. La luz de una alarma interna lo condena a saber: no es un ojo que ha sido lamido, ni es que ha lamido un ojo; el ser, su ser, que flota por encima de “lamer” y de el “ojo”, se ha comprimido para luego abrirse violentamente, y con esa fuerza de atracción los ha tomado como satélites naturales, como lunas grises e inertes, que sin embargo respiran allí abajo.