4 de agosto de 2007


Dos, cuatro...millones.

Dos disonancias los sobrevolaban; se mantenían inmóviles durante el lapso en el que se dormían en el aire, y al despertar comenzaban de nuevo a moverse frenéticamente, batiendo el humo de todas las cosas que no se decían allí abajo.
Ellos caminaban ignorando la batalla que se libraba sobre sus cabezas apenas se besaban o se miraban, iban de la mano, pero los separaba el abismo de sus mentes y percepciones. Por eso, al pasar por debajo del puente Pacifico, a él le venían ganas de salir volando y llorando hacia un amanecer en el que estuviese todo hecho, y así quedarse observando, sin nada para hacer; y a ella se le explotaba la espalda, y miles de ojos, de pájaros, árboles, y trenes se le juntaban lentamente en los labios, como una garúa de invierno que termina en inundación. Hasta que uno de ellos lograba salir, y se miraban a los ojos y se besaban, y las disonancias se abrazaban hasta formar bocinas, y así de a poco volvían los colectivos a formar parte de todo, y un edificio más allá, y la plaza enorme rodeándolos, incluyéndolos en ese cuadro imposible que es, en su totalidad, Buenos Aires.


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