Sueños.
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Un ascenso de piedras y de cortadas para encontrar al niño-perro que terminó cayendo montaña abajo, aplastándose contra el suelo arcilloso para luego rebotar sólo unos centímetros hecho ya una masa uniforme que se mimetiza con las plantas del lugar.
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Una ruta que veo desde lo alto de una pendiente: la ruta no se ve, sólo se ven las líneas blancas intermitentes como si alguien hubiese cortado la luz a los costados. Y en el fondo, recortado por cerros que son contraste, veo al cielo en llamas, colorido de amarillos y verdes, pero con el movimiento propio del fuego.
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El mar creció de un momento a otro, se embraveció con corrientes que despertamos al nadar cerca de uno de sus cuatro fines
(cuatro paredes que jamás se ven y que en sus comienzos se erguían sobre las aguas, pero el mar ha crecido muchas y nunca volvió atrás).
Y yo la veía despojándose de su piel y sus huesos que quedaron flotando como una prenda mientras ella se hundía cada vez más en su propia esencia.
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De las lluvias frías y patéticas de ese costado azul (y frío) nacían lagunas, mas bien charcos con barro, que se extendían mas allá de lo que se podía ver. En el medio, todo eso reunía en un gran estanque.
-Los demonios esperaban detrás de las montañas que parecían formar un todo; quebradas, valles y bosques enteros como una imponente masa verde allá a lo lejos-
Y en ese estanque él se hundía como una piedra, y conciente de las profundidades oceánicas del mismo, estiraba los brazos como su desesperación y alcanzaba el borde recto de piedras, y alucinado de alegría se lanzaba de nuevo hacia las oscuras aguas llenas de hojas, pequeños remolinos como señales de lo que dormía abajo y un niño que cantaba y nadaba tibiamente; y él se hundía, y detrás de las montañas emergían miles de demonios con colores sinfónicos y rugidos llenos de demencia y contradicciones, y sin querer ver ni oír se iba desencajando hasta ser otro, hasta estar en otro lugar.
El Segundo:
Es un segundo solamente, pero en él comprende sus propios ojos, los examina lentamente y se enamora de ellos y sonríe, de a poco su sonrisa pierde fuerza y una nueva y terrible luz invade sus gestos (el lenguaje de la nada-el todo lo atraviesa por un instante) y el puede ver el paso del tiempo, y la esencia misma de los sentimientos y cosas indecibles en el traspaso de su sonrisa a la seriedad, que cae como una avalancha de poros, grasitud y ojeras, así como de años y nubes veloces cargadas de cielo húmedo y oscuro.
Es un segundo solamente, pero en él también recuerda los edificios ya no como una masa uniforme, recuerda el propio temblar de cada uno, eran gigantescos muñecos rígidos, cada uno con su propio espacio y edad, cada uno resaltando con dramatismo de los otros, eran rencorosos, extremadamente inteligentes e irónicos; en cuanto veían ojos sin miedo a diferenciarlos echaban sobre ellos la peor de las actuaciones, la de un derrame onírico sobre sus bien disimulados movimientos.
Es un segundo solamente, pero también en él el contraste de un árbol de noche integra su desdoblamiento: por un lado las raíces crecen en su antebrazo y emiten destellos rojizos que proyectan largas sombras sobre la alfombra al morir algunos en sus pelos; por otro lado, la corteza marrón y opaca se resquebraja y estalla en un desenfreno de polvo que materializa la luz en el aire y la hace densa y aleatoriamente danzante, dejando ver cosas en donde no había nada.
Es un segundo solamente, pero también lo acerca a un fin para comenzar al medio. en donde nada había resuena mejor su alma y no siente ya el agua del estanque. relámpagos disipan una nube de polvo, y desde el medio de su pecho fluyen ruidos que cortan al agua y sus hojas y sus profundos remolinos, y muestran el vacío: el desdoblamiento gira frenéticamente a lo lejos, pero se acerca presa de una velocidad como de pensamientos y se posa frente al vacío.
Y él toma el lugar del vacío, y el desdoblamiento gira apenas y lo refleja, y todo queda en blanco por un instante.
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